Los que sois jóvenes no lo sabéis, pero hubo un tiempo en el que España no era de las favoritas para ganar los torneos internacionales. Era una época en la que la selección miraba desde abajo a los equipos de Alemania, Brasil, Inglaterra e Italia. Curiosamente no a Francia, porque en la época de la que os hablo, Francia no era una gran potencia futbolística. Se decía que allí les gustaba más el rugby. Esto era hace más de 50 años.
En aquellos tiempos, recuerdo que, ante un partido de España contra Alemania, el comentarista comenzaba poniéndose la venda (es que son más grandes y rápidos, a ver qué podemos hacer). Cuando la selección jugaba contra la brasileña y comenzaban a bailar a los españoles se decía: «es que son los campeones del mundo, o como si lo fueran, hay que asumirlo». Recuerdo una ocasión en que se ganó a Inglaterra en Inglaterra y aquello era el delirio («hemos ganado a la inventora del fúbol en el santuario de Wembley. Esto es absolutamente histórico»).
España no era el equipo favorito. España era el aspirante que confiaba en derrotar a quien era superior a base de garra, entrega, sacrificio… y suerte. Se comenzaba advirtiendo de las dificultades que suponía siquiera plantar cara a los equipos que dominaban el fútbol mundial, de lo imprescindible que era darlo todo y más, y de que lo normal era la derrota y lo extraordinario la victoria. En esas circunstancias, los recuerdos que quedan son los de las veces en que se mordió el polvo con honor: el gol de Michel contra Brasil en 1986 que el árbitro (un australiano, todos los que lo vivimos lo recordamos sin necesidad de mirar la wikipedia) no concedió, la sangre en el rostro de Luis Enrique en aquel partido de cuartos contra Italia en el Mundial de 1994. Derrotas con honor, pero derrotas. Los cuartos de final como Termópilas, los griegos contra los persas estando casi seguros de que serán derrotados y confiando tan solo en hacerlo con dignidad.
En aquellos años hubo momentos gloriosos. En 1964, antes de que yo naciera se ganó una Eurocopa. En 1984 se jugó otra final de esa competición contra Francia; pero, como digo, se trataba de pelear, no de imponer. Había que anular a Platini, intentar sorprender en un contragolpe y, como mal menor, ir a la lotería de los penalties, donde teníamos a Arconada. Un gol de falta de Platini acabó con aquello. Finalista y contentos, porque, en realidad, era más que aquello a lo que se aspiraba.
Todo lo anterior lo cambió un entrenador: Luis Aragonés.

Cuando llegó a la selección cambió el discurso. No se trataba de ganar a los mejores, sino de que España fuera la mejor y que tuvieran los otros que preocuparse de cómo nos igualaban. Recuerdo la incredulidad de tantos y cómo el proyecto estuvo a punto de fracasar porque en los primeros momentos los resultados no acompañaron.
Pero llegó la Eurocopa de 2008 y no fue la victoria, fue cómo se consiguió la victoria.
En lugar de apelar a la furia, la garra y la suerte, el equipo se encomendó al toque, el sistema y la calidad. España no ganaba, dominaba. Era algo nunca visto. Del patadón y que Salinas se peleara con la defensa rival se pasó a jugar al fúbol como se juega al ajedrez. De las Termópilas pasamos a Austerlitz. De preguntarse si ganaríamos a discutir cómo ganaríamos; en el sentido de cuáles serían las variaciones que se introducirían para conseguir una victoria que ahora se daba casi por segura.
Y tras la Eurocopa de 2008, ya sin Luis Aragonés, pero manteniendo su espíritu, se llegó al Mundial de 2010, el gol de Iniesta y el paso decisivo de la categoría de aspirante a la de campeón. Y a aquello todavía siguió la Eurocopa de 2012.
Luego vinieron años más difíciles. Unos jugadores que ya tenían que dar paso a otros, montar un nuevo equipo a partir de una misma idea que, además, había que actulizar. Si miramos los resultados, España volvió a por donde solía e, incluso, los cuartos de final se convirtieron en inalcanzables (en la Eurocopa de 2016 y en el Mundial de 2018 fue eliminada en octavos). En la Eurocopa de 2021 se volvieron a alcanzar las semifinales, pero fue la tanda de penalties favoreció a Italia y España no llegó a la final.
Los resultado no llegaban, el «tiki-taka» se había convertido en un pasarse la pelota sin la verticalidad necesaria y el brillo se apagaba; pero España ya había dado un paso que no tenía marcha atrás. La forma en que se afrontaban las competiciones era diferente y la idea de que había equipos inalcanzables había desaparecido. Incluso en los malos momentos, se estaba mejor que en la época de las Termópilas heroicas que comentaba al principio, aquella en la que nuestro «rival hermano» era Yugoslavia y en la que los Países Bajos seguía siendo para España la casi inalcanzable «naranja mecánica».
Y acabaron llegando los frutos. La España que han visto los que ahora tienen menos de 30 años, y que no tienen recuerdos de la época anterior a Luis Aragonés, es un equipo que no aspira a dar la sorpesa, sino a que la sorpresa sea su derrota. Es un equipo cuyos jugadores piensan que lo normal es ganar y que lo extraordinario es perder; es un equipo que, sin embargo, sabe que nadie regala nada y que esa victoria, en el fútbol actual, se consigue por ser un poco más rápido, un poco más fuerte, por jugar un poco mejor posicionado que el rival. Hoy en día todos los jugadores son altos y fuertes, todos son atletas completos; todos los equipos saben jugar al fútbol, todos tienen una estrategia; de tal forma que la victoria se dilucida en pequeñas diferencias, pequeñas ventajas que hay que luchar y trabajar; pero que o se tienen o no se tienen. Y la selección española de estos últimos años las tiene y las utiliza.

He vivido como espectador las dos épocas y ayer, en la final del Mundial entendía perfectamente a los argentinos. El equipo argentino era, en relación a España, lo que España era respecto a Brasil o Alemania hace cuarenta años: un equipo inferior que intentaba suplir con calidad individual y una competitividad sin límites esas pequeñas diferencias que le separaban del favorito. Entendía a los argentinos y la forma en que vivirían las paradas del Dibu y, a la vez, comprendía lo que vivirían los aficionados alemanes o brasileños que veían hace 40 años los partidos entre sus selecciones y España. Me veía a mi mismo contemplando un partido en que mi equipo dominaba y en el que la sensación era que más tarde o más temprano el gol tenía que llegar, un partido en el que se controlaba el balón y el espacio, los tiempos y las ocasiones; en las que España disputaba el partido como Napoleón había dirigido la batalla de Austerlitz: «dejemos que avancen sobre nuestro flanco, avancemos y, entonces, tomemos las lomas de Pratzen. Mandamos a la caballeria y rompemos el hielo con el fuego de los cañones. En una batalla cualquier cosa puede pasar; pero si todo sigue su curso natural, la victoria es nuestra».
Esa es la diferencia entre la selección de hace 50 años y la actual. Entonces si todo seguía su curso natural, perdería. Con dignidad y honor, pero perdería, como los espartanos de las Termópilas. Ahora si todo sigue su curso natural, vence, como Napoleón en Austerlitz.
