La Odisea de Nolan

Lo que ha conseguido Nolan con su Odisea es extraordinario.

La Odisea, junto con su hermana, la Ilíada, inauguran el canon literario occidental. Durante casi tres mil años han sido recitadas, copiadas, analizadas… Han emocionado, inspirado y guiado a millones de personas durante decenas de siglos. En toda la historia de la humanidad muy pocas obras han obtenido un reconocimiento tan amplio; de tal forma que lo que en ellas habita llega, de una forma u otra, a personas que no es que no las hayan leído; es que ni siquiera sabían de su existencia.

Nolan se enfrenta a esta obra, la respeta y, a la vez, la hace suya. Me parece que tiene un enorme mérito.

La respeta porque la película pone imágenes a lo que muchos habían imaginado durante siglos y, para mi gusto, lo hace con acierto. Para empezar, el «negro Ponto» de la Odisea adquiere corporeidad con Nolan. El mar es un mar «real», que uno siente que puede tocar y oler. No sé exactamente como lo consigue. Creo que tiene que ver con la luz, con la forma en que capta esas olas que, sin ser excesivas, sin romper, hacen que el barco se meza, que trasladan el contraste entre la fragilidad de la madera y la inmensidad del mar. Salen tormentas también, claro; pero lo que más me ha impresionado es el mar en su estado natural; esto es, ni encrespado ni en calma total; ese mar que se mueve como un ser vivo y con el que se relacionan Ulises y sus compañeros.

En segundo término, el caballo de Troya. El caballo de Nolan no es un artefacto con ruedas, como se ha representado tantas veces; sino una escultura de madera que muestra a un caballo en movimiento, alzado sobre sus patas traseras. De ahí que tenga que ser abandonado medio enterrado en la arena de la playa, lo que le da un aire a la vez majestuoso y decadente que conecta con una referencia cinematográfica bastante obvia: la Estatua de la Libertad en el final de El Planeta de los Simios. Encontrar algo original en una figura que ha sido representada sin cesar durante milenios tiene un mérito innegable.

En tercer lugar, la isla de Calipso. Como veremos, este es un punto nuclear en la película, y la forma en que aparece en la película no puede ser más sugerente: la sensación de soledad, luz, tranquilidad y, a la vez, desolación lo convierten en un sucedáneo del cielo o del limbo; que es la función que cumple. Calipso misma, interpretada en la película por Charlize Theron, se presenta como la encarnación de ese personaje que es mujer sin serlo y diosa sin dejar de ser humana.

En cuarto lugar, Ítaca, donde están presentes Penélope y las sirvientas, el viejo criado y Argos, el perro que le ha estado esperando, los pretendientes y la competición en la que ha de tensarse el arco; está Telémaco y el viaje de éste en busca de noticias de su padre. En definitiva, todos los elementos esenciales en una isla llena de luz en el exterior, pero oscura en el palacio donde los pretendientes esquilman la hacienda de Ulises mientras aguardan la decisión de Penélope.

Y, finalmente, todos los episodios del viaje que se recrean: Circe, las sirenas, los lestrigones y, sobre todo, el Hades, en una de las escenas más impactantes de toda la película. En todos estos casos, Nolan consigue algo que no es sencillo: convertir en plausible un relato fantástico en el que hay múltiples elementos que dificultan el planteamiento cinematográfico. Por ejemplo: sabemos que Circe convierte a los compañeros de Ulises en cerdos; pero eso, ¿cómo se representa visualmente? la forma en que lo hace Nolan me parece magistral; al igual que el tratamiento del episodio de las sirenas. ¿Cómo abordar la tarea de mostrar un canto tan sublime que hace perder a las personas el sentido? La opción de Nolan, presentarlo desde la perspectiva de los tripulantes del barco, no desde la de Ulises o de un tercero externo me parece brillante.

Así que quien quiera ver una «Odisea ilustrada» no se verá decepcionado, al revés. Seguramente quedará muy satisfecho.

Pero la película es más, mucho más.

La película es, antes que nada, un retrato de Ulises. Y aquí, de nuevo, el enganche con Homero es esencial. En general, todos los personajes de la Ilíada y de la Odisea son humanos, tremendamente humanos (incluidos los dioses). Cada uno tiene sus puntos fuertes y débiles, aquellos en los que destaca y otros en los que es superado. Sus decisiones no siempre se rigen por los criterios morales más estrictos: el deseo, el orgullo o la vanidad también juegan su papel. En ocasiones aciertan y en otras se equivocan.

Ulises responde también a ese patrón. Ulises «fecundo en ardides» es ingenioso y tiene un enorme sentido práctico. Si ha de mentir, lo hace (ahí está por ejemplo, el caballo de Troya) y sus decisiones no siempre son acertadas. Nolan toma estos elementos y crea un Odiseo humano que, además, tiene una dimensión emocional perfectamente inteligible.

El Odiseo de Nolan es un personaje marcado por la guerra, una guerra que se personifica en la toma de Troya y que aparece vinculada al poder desnudo, encarnado por Agamenón, otro enorme acierto de la película, un personaje que es un símbolo y al que nunca se le ve completamente el rostro. Odiseo acude a Troya no por convencimiento, sino porque no tiene otro remedio, tal y como explica a Penélope antes de partir. Una vez allí ayuda de manera decisiva a ganar la guerra; pero, al mismo tiempo, queda conmocionado por el horror que supuso. A la vez, es consciente de que tuvo que sacrificar incluso a sus propios soldados para conseguir el objetivo (Sinón); y esas decisiones le acompañan en forma de tormento o arrepentimiento.

Ese conflicto se desarrolla y aumenta durante todo el viaje de regreso; cuando tiene que enfrentarse a nuevas decisiones que suponen sacrificar a algunos de sus compañeros. En un momento dado, estos llegan a desconfiar de él, lo que acaba también aislándolo. Es así como acaba en la isla de Calipso, donde, mediante el consumo de flor de loto, acaba olvidándose de su familia e historia e, incluso, deja de tener sentido del paso del tiempo. La isla se convierte así en un trasunto de una fría eternidad, caracterizada por la ausencia de tiempo, cambio y conexión con los demás. Una existencia que podría ser placentera; pero que Odiseo acaba rechazando: la vida sigue tirando de él.

La estancia con Calipso acaba convirtiéndose en el eje de la película. Esta comienza con una escena en el palacio de Ítaca donde los pretendientes gozan de un banquete ante la desesperación de Telémaco y Penélope, quienes se preguntan si Odiseo sigue vivo o ha muerto; y de ahí se pasa a la isla donde éste se mantiene en una situación de ataraxia; pero en la que los recuerdos, en ocasiones, vienen. Esos recuerdos acaban convirtiéndose en el relato de todo el viaje. La película va entrelazando así la historia de Ítaca, la relación entre Calipso y Ulises y el relato del regreso, en el que van insertándose también las imágenes de la caída de Troya. Es una decisión inteligente para dar coherencia a un relato tan complejo y, además, acaba convirtiéndose en una especie de tela que, de alguna forma, evoca lo que hace la propia Penélope con su tejer y destejer diario para evitar que tomar una decisión sobre el pretendiente que elegirá como marido.

La parte final de la película recoge el regreso de Odiseo y el castigo a los pretendientes. Todo en la película es significativo, pero en esta parte destaco, por una parte, el diálogo entre Ulises, todavía disfrazado de mendigo, y Penélope y, por otra parte, la lucha de Odiseo contra los pretendientes.

El diálogo convierte en explícito el sentimiento de culpa de Ulises, un sentimiento de culpa que viene subrayado por el que puede ser el momento más desgarrador de la película: durante toda ella se ha visto repetido el recuerdo de la decapitación de la estatua de Atenea en Troya la noche en que los griegos toman la ciudad. En el diálogo con Penélope se ve que la diosa Atenea (interpretada por Zendaya) que ha acompañado a Ulises durante su viaje es, en realidad, una joven troyana asesinada por los griegos. Nos damos cuenta, entonces, que la decapitación de la estatua representa la decapitación de la mujer y que lo que hemos visto durante toda la película era el remordimiento de Odiseo por la destrucción causada. Esto se confirma de una manera más explícita cuando se asume que los temidos pueblos del mar que asolan las costas y ciudades no son más que un producto de la violencia griega sobre Troya. La guerra, una vez desencadenada, no puede ser contenida.

Y esto conecta de manera natural con la escena en la que Ulises se enfrenta a los pretendientes. Es una escena larga en el que Ulises parece, en ocasiones, a punto de ser vencido y, en otras, recupera la iniciativa. Para entenderla correctamente hay que ver el contexto: el enfrentamiento se produce en una sala cerrada (muy claro el momento en el que se cierran las puertas que comunican el salón con las estancias de Penélope) donde se pretende resolver de manera contenida, pero a través de la violencia, el conflicto planteado. Para garantizar que la única arma que habrá es el arco de Ulises, se retiran todas las armas de la estancia y se meten en una habitación sobre el salón de banquetes (esto es importante). Odiseo, además, prohibe a Telémaco que intervenga, puesto que va a romper la ley de Zeus al atacar a los invitados que hay en su casa.

Sucede, sin embargo, que uno de los pretendientes consigue llegar a la estancia de las armas. Lo encierran, pero consigue abrir un boquete en el suelo de la habitación para hacer caer las armas al salón donde se desarrolla el enfrentamiento entre Ulises y los pretendientes. Telémaco, entonces, interviene para impedir que quien está en la habitación con las armas pueda hacerlas llegar a los pretendientes. En el forcejeo, Telémaco es herido en el vientre. Ulises también es herido, pero consigue matar al «villano» de la película (que tiene una trama propia en la que, sin embargo, aquí no me detendré), con lo que parece triunfante en su enfrentamiento con los que cortejaban a Penélope. Cuando se deja caer en los brazos de su esposa, sin embargo, parece que va a morir. No obstante, en el último momento dice que no le espera la muerte, sino el exilio. La siguiente escena muestra a Telémaco como rey y a Ulises y Penélope emprendiendo un viaje hacia poniente. Odiseo tiene una venda en el cuello, donde fue herido. Aparentemente, todo acaba bien.

Mi lectura es otra. La larga escena del enfrentamiento lo que pretende mostrar es que resulta ilusorio controlar la violencia. Una vez desatada no tiene límites (y aquí puede haber alguna referencia a la película previa de Nolan, Oppenheimer). Así, al final las armas que querían esconderse acaban en el salón, Telémaco interviene, en contra de lo que quería su padre, y lo que pretendía ser un combate justo acaba siendo una carnicería en la que tanto Odiseo como Telémaco son heridos.

Y no son heridos de cualquier manera. Odiseo tiene una herida en el cuello, Telémaco en el vientre. Se trata de dos heridas que, en principio, son mortales. ¿No podría ser que, en realidad, ambos mueran y que el Telémaco rey y el viaje con Penélope hacia poniente no sean más que la ensoñación del moribundo Ulises? Creo que el director deja conscientemente abiertas ambas posibilidades, la del triunfo final y la de la muerte; pero yo me quedo con esta última, que convierte a la Odisea, en realidad, en la Ilíada, un canto al dolor de la guerra, a la sinrazón, a la culpa y al fracaso; un canto que utiliza el viaje de Ulises para decirnos que del mal no se escapa. Nos acompaña siempre.

Este es para mí el mayor logro de Nolan. Un viejo debate es el de qué es mejor, si la Ilíada o la Odisea. Nolan acoge las dos y filma una Odisea con el espíritu de la Ilíada. Una obra maestra.

Por cierto, yo siempre he preferido la Ilíada a la Odisea.

Posición 120