Estaba en Madrid. Sabía que era Madrid, aunque algunas de sus calles no eran como las recordaba. Había viajado a Madrid por algún asunto profesional. Lo sé porque llevaba traje y corbata. Me lo había puesto en el lugar en el que me alojaba con esa sensación de urgencia y provisionalidad que siempre me asalta cuando despierto en una habitación que no es la mía.
Ya en la calle me encontré con mis compañeros. Debíamos caminar un rato hasta llegar a nuestro destino. En el camino, buscamos un lugar para ir al baño. Bajando unas escaleras se accedía a un espacio con baños amplios y modernos. Como sucede con frecuencia en la actualidad, no era fácil distinguir cuáles eran para hombres y cuáles para mujeres. Buscando, econtré otras escaleras que descendían aún más. Apoyé mi mano derecha en la pared y me giré sobre lo alto de las escaleras. Estas eran anchas y profundas, como las de un palacio, y conducían a un amplio espacio entre verde y azul, con una sombra tenue y con un enorme charco de agua oscura que se perdía más allá de donde podía ver.
Por allí no había más baños, así que volví a los que ya conocía. Cuando estaba en uno de ellos, sin embargo, me sentí indispuesto. Alguien me ayudó. Estaba tumbado. Alguien intentó aflojarme la corbata. Entonces me di cuenta de que, sin querer, me había puesto dos corbatas, una encima de la otra. Ahora estaba en una explanada que en algo me recordaba la que separa el Palacio Real de la Almudena, y desde donde se tiene una vista extraordinaria de Madrid. No era aquella, pero sí que estaban las balustradas y a lo lejos el campo.
No sé por qué, pero nos habíamos desentendido del objeto inicial de nuestros paseo. Algo había sucedido allí cerca. Mis compañeros y yo cruzamos unas pocas calles y llegamos a un lugar, que también estaba en alto y desde el que se podía descender a una plaza que estaba ocupada por una multitud. Aquella multitud no dejaba pasar a nadie y varios se estaban organizando para poder forzar ese paso. Me uní a un grupo que se estaba juntando como una escuadra romana para, avanzando todos juntos, intentar llegar al otro lado de la plaza.
De pronto, sin embargo, estaba solo. El lugar era el mismo, pero en vez de avanzar hacia la plaza de abajo subí varias calles. El día era luminoso. Me crucé con varias personas y me sorpendió que dos de ellas, un hombre y una mujer, cantaban una canción hermosísima que ahora me es imposible recordar, pero que resultaba conmovedora. Les seguí, primero hacia arriba y luego bajando unas escaleras en la calle bastante empinadas, pero amplias. Las voces de la canción se mezclaban con otras que invitaban a participar en un taller en el que cada uno podría desarrollar su talento como actor.
Bajaba las escaleras cada vez más deprimsa siguiendo a los cantores, hasta llegar a un punto en el que faltaba un escalón. Salté para llegar al siguiente y el salto fue largo, grácil. Al apoyar el pie vi que una pareja que estaba sentada al lado de la escalera me miraba con sorpresa. Entonces me empujé hacia arriba y como si fuera capaz de apoyarme en el aire, ascendía más y más, superando la escalera y los árboles que había a su lado. El día era perfecto. La luz ideal, la temperatura agradable y ante mí veía el mar, con un color azul oscuro de una extraordinaria belleza.
La pareja me dijo entonces: «Alcanza ese globo». Y vi que ante mí había un globo rojo lleno de adornos, como sacado de una película sobre el Oriente del siglo XIX. Me giré hacia la pareja desde el aire y les pregunté: «¿Por qué no lo hacéis vosotros?» Me faltó añadir que era fácil, porque sabía que lo que estaba haciendo era, a la vez, fácil e imposible.
Entonces supe que estaba muerto y una niña apareció a mi lado riéndose y caminando por el aire como yo. Entonces no podía más que darle vueltas a que no recordaba cómo había muerto.
Posición 120