SUMARIO: I. La construcciónn de la identidad y sus enemigos. II. La construcción de la identidad catalana. III. De España a los españoles. IV. Discurso de odio e hispanofobia: 1. Discurso de odio y limitación de derechos. 2. Limitación de derechos y nacionalismo en Cataluña. V. Discurso de odio e instituciones públicas. VI. Conclusión.
I. La construcción de la identidad y sus enemigos
La construcción de la identidad de un grupo suele implicar la oposición a otro u otros grupos. Es un fenómeno trivial que hemos experimentado casi todos. Desde los clubs de fútbol (¿qué une más que la rivalidad de un Barça-Madrid, Espanyol-Barça, Oviedo-Sporting, Athletic-Real Sociedad, Betis-Sevilla…?) a las rivalidades locales entre pueblos vecinos o entre tribus urbanas. No es diferente con las naciones. La identidad nacional, en parte, surge de la oposición a otros países. Las virtudes propias se destacan y, casi inevitablemente, los conflictos con otras naciones acaban presentándose como una disputa entre «buenos» (la nación propia) y «malos» (los otros). Se ve con claridad en estos 30 segundos de Lady Hamilton, la película de Alexander Korda, donde en menos de un minuto se explica por qué el Imperio Británico es tan bueno y cómo, en consecuencia, son tan malos quienes le atacan.
El Imperio británico es una comunidad en la que cada territorio tiene su fin y propósito; pero hay personas que, por ambición, desean destruir lo que otros han construido. Así se explica y justifica la acción de Inglaterra en otros lugares y, a la vez, se descalifica a quienes se le oponen. Nítido como el cristal.
II. La construcción de la identidad catalana
La construcción de la nación catalana sigue el mismo patrón: hay que encontrar elementos que le den una entidad que, además, ha de permitir diferenciar a los catalanes dentro de la comunidad en la que históricamente se integraban sin mayor debate, la que forman el conjunto de los españoles. Se necesita, por una parte, una determinada explicación de la historia en la que los catalanes reúnen una virtudes especiales. Y aquí, por ejemplo, encaja tanto el fantasioso discurso de Pau Casals en las Naciones Unidas que comparto a continuación.
Como los planteamientos que ahora hace el Institut Nova Historia.
El molde es siempre el mismo: un pueblo que se identifica a partir de elementos positivos (laboriosidad, carácter pacífico y emprendedor…) que tiene su origen ya en la prehistoria y que ha de enfrentarse a quienes, desprovistos de estas cualidades, intentan obstaculizar su avance. Esto se ve ya con claridad en las obras de los nacionalistas catalanes de principios del siglo XX; la época en la que vivió su juventud Pau Casals; lo que, seguramente, ayuda a entender mejor su discurso en las Naciones Unidas de 1971. Así, en el libro de Rovira i Virgili «Historia de los movimientos nacionalistas», publicado originalmente entre 1912 y 1914 se lee (la traducción al castellano es mía):
Este territorio lingüístico se acerca mucho al área primitiva de la raza íbera, de donde provienen los catalanes. Prat de la Riba dice: «Cuando el viajero fenicio que copió Avienus, ciento cincuenta años antes de Cristo, recorría la costa del mar Sardo, se encontró allí la etnos ibérica, la nacionalidad íbera, extendida desde Murcia hasta el Ródano, esto es, desde los pueblos libiofenicios de Andalucía oriental hasta los ligures de la Provenza. Aquellas gentes son nuestros antepasados, aquella etnos ibérica, el primer anillo que la historia nos deja ver de la cadena de generaciones que han forjado el alma catalana».
Pronto el territorio de la ráza íbera, fácil para las incursiones, fue invadido por otras razas (…). Pero al romperese el Imperio romano por el empuje de los bárbaros, y al aparecer los núcleos medievales que darán lugar a las nacionalidades históricas, la vieja raza ibérica resurgió, marcada por la huella poderosa de Roma, pero conservando una viva individualidad étnica.
(…) Pero este hecho histórico [el descubrimiento de América] ho habría tenido una influencia tan funesta sobre nuestra patria, si Castilla no hubiese cometido una gran injusticia. Por el famoso codicilo al testamento de Isabel la Católica, los ciudadanos de la Corona catalanoaragonesa fuero excluidos, bajo pena de muerte, del comercio con las Indias (…). Sin esta prohibición injusta, Cataluña habría llevado su genio de trabajo y de creación a las tierras ultramarinas, se habría convertido, como Inglaterra, en una gran potencia marítima y comercial. La lengua catalana se habría expandido por las Américas; hoy habría, en el nuevo continente, al lado de las naciones de lengua castellana y portuguesa, naciones de lengua catalana, y esta sería una de las grandes lenguas mundiales. La antipatía de Castilla, que se manifiesta en el codicilio de Isabel, destruyó en aquel momento histórico el magnífico futuro que le esperaba a Cataluña».
Y aún sigue el relato; pero con lo que se ha recogido creo que basta: identidad propia y diferenciada frente a los enemigos externos que luchan porque no prospere la nación. Lo mismo que veíamos en la explicación del Imperio británico que le hacen a Emma Hamilton en la película de Alexander Korda.
En principio, este planteamiento debería formar parte de una etapa superada; y en buena medida creo que es así en la mayoría de los lugares. No creo que a nadie en el Reino Unido le parezca sensato lo que veíamos en la película de 1941. Las construcciones nacionales basadas en hipóteticas diferenciaciones étnicas que se remontan a la prehistoria hacen, como mínimo, sonreír; cuando no levantan señales de alarma. Sin embargo, en Cataluña sigue siendo la doctrina oficial. No es baladí recordar que una universidad pública catalana, la de Tarragona, lleva el nombre del autor de los párrafos que reproducía antes, y el discurso de Pau Casals -disparatado en su contenido- está tomado del canal de Youtube del Parlamento de Cataluña.
Es decir, en Cataluña se sigue asumiendo una visión distorsionada de la historia en la que «Castilla» es la causante de que Cataluña no sea una nación con estado propio y próspera; una nación que, en el planteamiento de Rovira i Virgili, hubiera sido equivalente a la Inglaterra del siglo XIX y comienzos del XX.
III. De España a los españoles
Es un planteamiento problemático en sí; pero que todavía es susceptible de empeorar cuando damos el paso de «Castilla» a «los castellanos», que es como algunos denominan a todos los españoles que no tienen origen catalán (entendido catalán como extensivo a Valencia y Baleares). Aquí los castellanos se presentan como colonizadores, dominadores y extractores de la riqueza de Cataluña. Además, sobre ellos se proyectan los tópicos que son propios de todo proceso de construcción de la identidad basados en la oposición a otros grupos. Igual que los catalanes son modernos, trabajadores, cultos y amantes de la paz; los «castellanos» son vagos, violentos, incultos y primitivos.
¿Exagero? Recordemos lo que escribía Jordi Pujol, presidente de la Generalitat entre 1980 y 2003 y la figura más influyente en Cataluña en el último medio siglo:
«El hombre andalúz no es un hombre coherente, es un hombre anárquico. Es un hombre destruido. (…) El otro tipo de inmigrante es, generalmente, un hombre poco hecho. Es un hombre que hace centenares de años que pasa hambre y vive en un estado de ignorancia y de miseria cultural, mental y espiritual».

Esto que escribe Jordi Pujol es relevante, pues lo hace en un momento (años 70 del siglo XX) en el que en Cataluña conviven aquellos cuyas familias vivían desde hacía generaciones en la región con más de dos millones de personas que procedían de otras partes de España. Esto es, los que entonces se denominaban charnegos y que incluían no solamente a los recién llegados, sino también a sus hijos, muchas veces ya nacidos y criados en Cataluña. La reflexión de Pujol, por tanto, no era abstracta o una reconstrucción histórica al estilo de la de Rovira i Virgili, sino que era relevante para una sociedad en la que era posible diferenciar grupos de personas en función de su origen familiar. Las palabras despectivas del que fue durante más de veinte años presidente de la Generalitat estigmatizaban a un colectivo con una presencia significativa en la región que luego gobernó.
Es decir, el catalanismo se construye, en cierta forma, sobre la caricaturización de la historia que convierte a los «castellanos» en malos para Cataluña y su desarrollo y, a la vez, a partir de estereotipos en los que el carácter «elevado» del alma catalana y su capacidad de trabajo e innovación se enfrenta a la miseria económica, moral e intelectual de otros pueblos de España o, en general, de los españoles. No es algo subterráneo, sino que encontramos reflejos de este planteamiento en instituciones oficiales (la Universidad Rovira i Virgili que mencionaba antes, el callejero, lleno de los nombres de los ideólogos del nacionalismo catalán de principios del siglo XX) y en personas de relevancia pública, empezando por el nombre más destacado del nacionalismo catalán de finales del siglo XX y comienzos del XXI, Jordi Pujol y su hombre andaluz «destruido».
Los ejemplos podrían extenderse, por concluir con dos, tenemos relativamente reciente la reflexión de Oriol Junqueras sobre las diferencias genéticas entre los catalanes y el resto de los españoles («de los españoles» para Junqueras, que no considera a los catalanes como españoles).

Y dos artículos del antepenúltimo presidente de la Generalitat, Joaquim Torra. El primero, del año 2015, en el que dice que los catalanes llevan 289 años aguantando lo que ningún pueblo civilizado ha soportado. España ejerce su derecho de conquista y humilla con el desprecio más descarnado; lo que ha de conducir a recuperar la «patria», un concepto excluyente (si tenemos una patria, la catalana, no podemos tener ninguna otra) que da sentido a la lucha.





Y el segundo, más conocido, en el que tacha de bestias a quienes no comparten sus planteamientos sobre la lengua catalana.

Hay muchos más ejemplos; pero he escogido estos porque son de personas que ocupan las posiciones más altas en las insstituciones catalanas. Dos han sido presidentes de la Generalitat y Oriol Junqueras es el líder de un partido que ha ejercido la presidencia de la Generalitat y que ha formado parte de su gobierno en diversos momentos. Ahora mismo, aunque no es parte del gobierno, sí que dio apoyo al actual presidente de la Generalitat, Salvador Illa.
Es decir, la estigamtización de España (entendida como una entidad en la que no se debería incluir Cataluña) y de los españoles no catalanes (los «castellanos») es parte esencial de la construcción nacional catalana; tanto por una determinada explicación de la historia como por la reacción a la llegada de trabajadores de otras partes de España en las décadas centrales del siglo XX; una reacción en la que los tópicos sobre el presunto carácter «superior» del catalán (culto, emprendedor, trabajador y pacífico) sobre el «español» (inculto, vago, primitivo y violento) calaron en ciertas partes de la sociedad; como muestra que líderes como Pujol o Torra no tuvieran problema en expresar esas ideas incluso por escrito.
Quienes discrepamos del nacionalismo en Cataluña lo vivimos cada día. Los insultos vinculados a nuestro carácter de «forasteros» (y que se dirigen, incluso, contra personas nacidas en Cataluña, pero de familias procedentes de otros lugares) son habituales y adoptan formas de lo más diverso, especialmente en redes sociales, donde se denigra a España, a los españoles y a sus símbolos.




Lo que se conecta con un discurso en el que se insiste en la «colonización» de Cataluña y en considerar «colonos» a quienes no comparten los planteamientos nacionalistas.





Como se puede apreciar, no es más que la traducción «grosera» del planteamiento básico del catalanismo: construcción nacional a partir de la oposición con un poder externo que limita el desarrollo propio. Un poder externo que, además, viene de personas con valores y capacidades inferiores a las que identifican a los «catalanes». Y empleo las comillas porque el concepto de catalán que utiliza el nacionalismo excluye a muchos ciudadanos de Cataluña que o bien no comparten la lengua catalana como signo de identidad o defienden la continuidad de Cataluña en España.
IV. Discurso de odio e hispanofobia
1. Discurso de odio y limitación de derechos
¿Puede considerarse lo anterior como una manifestación de discurso de odio? Desde mi perspectiva, ya adelanto que sí; pero para poder justificar la respuesta antes hemos de detenernos en lo que implica el discurso del odio y por qué ha de ser tratado. Una tarea que abordaba hace unos meses en esta otra entrada.
Ahí sostenía que la incidencia en el discurso del odio; esto es, su persecución penal o administrativa o la limitación por otras vías de los discursos que pudieran ser considerados hostiles hacia un determinado grupo de personas, incidía en la liberta de expresión y que, por tanto, cualquier regulación del discurso de odio debía justificarse de manera suficiente. Esa justificación existiría cuando las palabras (el discurso) pudiera incidir en la limitación efectiva de derechos de los integrantes del grupo, que se verían perjudicados precisamente por su pertenencia al grupo. Sin esa limitación efctiva de derechos, no habría razón para limitar la libertad de expresión, por desagradable o equivocado que pudiera ser lo que se dijera; porque la libertad de expresión es la piedra angular sobre la que descansa el debate público en una sociedad democrática, el debate que es antecedente necesario para la adopción de las decisiones que determinen el rumbo de dicha sociedad.
Esta limitación de derechos sería lo que, en cada contexto histórico y geográfico nos permitiría identificar qué es un grupo vulnerable en el sentido requerido por la narrativa del discurso de odio. Me parece importante anclar la identificación de un colectivo como suscpetible de ser víctima del discurso de odio a la efectiva limitación de derechos porque una categorización apriorística puede convertir fácilmente la regulación del discurso de odio en una herramienta de censura asimétrica. Creo que es más significativo partir de las limitaciones de derechos que sufren los integrantes de un determinado colectivo por pertenecer al mismo y, a partir de ahí, ver cómo la denigración de ese colectivo, su estigmatización o caricaturización pueden incidir en esa limitación de derechos; lo que justificaría, precisamente, que tales estigmatizaciones, denigraciones o caricaturizaciones fueran consideradas como discurso de odio. Es una aproximación en línea con la Recomendación de Política General nº 15 relativa a la lucha contra el discurso de odio adoptada por la Comisión Europea contra el Racismo y la Intolerancia.


2. Limitaciones de derechos y nacionalismo en Cataluña
En el caso que nos ocupa ahora, esas limitaciones de derecho, por pertenecer a colectivos que discrepan de los planteamientos nacionalistas existen. Recientemente, se ha declarado judicialmente que los mensajes hostiles hacia quienes se identifican con la lengua castellana y la nación española pueden ser constitutivos de delito de odio. El pronunciamiento se hace en relación al acoso sufrido por la familia de Canet de Mar que obtuvo una decisión judicial que garantizaba a su hija una educación en la que estuviera presente tanto el catalán (75%) como el castellano (25%); lo que motivó que se exigiera en redes sociales identificar a la familia para que tuviesen que marcharse. Es decir, la identificación como castellanoparlantes y el sentimiento de españolidad fue determinante para que se intentase limitar sus derechos.


Las limitaciones de derechos en Cataluña de quienes discrepan del nacionalismo se producen con cierta frecuencia. Así, está la limitación en el aceso a una educación en la que la lengua española, junto con el catalán, sean lenguas vehiculares. Aparte del caso al que se refiere la sentencia que acabo de citar ha habido otros en los que las familias que solicitaban la educación bilingüe fueron acosadas o boicoteados sus negocios con la clara intención de que se desista en la petición de una enseñanza en la que esté presente el castellano como lengua de enseñanza.
Sin salir del ámbito lingüístico, también puede recordarse el caso de la enfermera de origen andaluz que perdió su trabajo en un hosptial público por haber cuestionado la exigencia de un determinado nivel de catalán para obtener una plaza fija. La crítica, que la enfermera difundió en redes sociales, originó insultos, también en redes sociales y la actuación de las autoridades de la Generalitat que llevaron a la adopción de medidas disciplinarias; medidas que se adoptaban explícitamente por haber cuestionado las mencionadas exigencias lingüísticas.
Más recientemente, un grupo de teatro aficionado también fue boicoteado como consecuencia de una obra de teatro en la que cuestionaba la politica lingüística en Cataluña.

Por concluir, también se aprecia limitación de derechos para los estudiantes no nacionalistas en las universidades públicas catalanas, habiéndose declarado en algún supuesto que las autoridades académicas habían vulnerado los derechos fundamentales de los estudiantes al limitar su actividad en el campus por motivos ideológicos y, en otras ocasiones, se ha condenado penalmente el acoso que sufren en los campus universitarios por parte de grupos nacionalistas. Me he ocupado con algún detalle de todo esto aquí.


Esta limitación de derechos en Cataluña a los integrantes de un determinado grupo se conecta de manera bastante evidente con lo que comentaba al comienzo: la identidad nacionalista catalana se construye, en buena medida, por medio de la oposición a la identidad española, atribuyéndose, además, a España y a los españoles, haber limitado las posibilidades históricas de la nación catalana. Este discurso se proyecta sobre aquellas personas que, viviendo en Cataluña, tienen sus orígenes familiares en otras partes de España y no aceptan los planteamientos nacionalistas (lo que se traduce, por ejemplo, en reivindicar una enseñanza bilingüe o en cuestionar los requisitos lingüísticos para acceder a un puesto de trabajo). A esto aún hay que añadir un matiz: personas de orígenes familiares catalanes y de lengua materna catalana pueden sufrir esta misma limitación de derechos si no comparten el planteamiento nacionalista. El calificativo que se reserva para estas personas sería el de «botiflers«, esto es, traidores (aunque el origen del término es otro).

Se dan, por tanto, las circunstancias necesarias para que deba vigilarse en Cataluña el discurso que tiene por objeto fomentar la hostilidad o el desprecio hacia «los castellanos», España, la identidad española, incluida su lengua. No es un capricho, sino que responde a la existencia real de limitaciones de derechos conectadas a la pertenencia de los individuos a un determinado grupo, un grupo que se identifica, de manera precisa, por su oposición a los planteamientos nacionalistas catalanes de acuerdo con lo que se ha explicado hasta aquí.
V. Discurso de odio e instituciones públicas
De lo expuesto hasta ahora, se desprende que existe un discurso de odio en Cataluña dirigido a España, los españoles y aquellos catalanes que discrepan del planteamiento nacionalista y se identifican como españoles. Este discurso se conecta, además, con la vinculación de determinados derechos que experimentan los integrantes de este grupo; limitaciones que se concretan, fundamentalmente, en los derechos lingüísticos y la libertad de expresión.
Ante esta realidad, llama la atención que no solamente personas anónimas o sin relevancia pública participen en este discurso de odio, sino que desde el poder público se profundice en él. En este sentido, es llamativo que en la web de la radio pública de Catalunya pudiera verse, hace pocos días, este mensaje:

No se trata de que lo diga un tertuliano (aunque invito a que sustituyan «castellanos» por cualquier otro colectivo y ver qué les parece); sino que la web de la radio pública mantenga como destacado este mensaje, «los castellanos son personas groseras». Resulta, creo, inadmisible.
En la misma línea, se aprecia una evidente desigualdad de trato entre el colectivo identificado con España y la identidad española y otros colectivos. Mensajes ofensivos para España en redes sociales o quema de banderas españolas se consideran libertad de expresión; mientras que acciones equivalentes en relación a otros colectivos son investigados como delitos de odio.


Es decir, al poder público en Cataluña le cuesta asumir que existe un discurso de odio hacia España y los españoles que tiene incidencia, además, en la limitación de derechos individuales. Ahora bien, de acuerdo con lo que se ha visto hasta ahora, no es extraño que así sea; puesto que el poder público en Cataluña se ejerce por partidos abiertamente nacionalistas o por otros (PSC) que, pese a no declararse nacionalistas, han asumido el relato nacionalista, tanto en lo simbólico, como en temas lingüísticos y también, en buena medida, en la relación entre Cataluña y el resto de España.
Y, como hemos visto, desde el punto de vista nacionalista hay claramente unos «buenos» (los catalanes) y unos «malos» (los españoles). El planteamiento esquemático e ingenuo del nacionalismo catalán de principios del siglo XX ha tenido continuidad institucional y es el sustrato sobre el que se construyen los planteamientos políticos de los partidos catalanistas, incluido aquí, por supuesto, el PSC y las diferentes configuraciones de la izquierda con representación parlamentaria en Cataluña.
De acuerdo con este sustrato nacionalista no hay simetría entre los planteamientos catalanistas y, ya no los «españolistas»; sino simplemente aquellos que defienden la igualdad de derechos y la vigencia de los principios constitucionales. Mientras el «Puta Espanya» puede tener hasta reconocimiento institucional.

La crítica a la exigencia del nivel C1 en las oposiciones sanitarias condujo a iniciar un procedimiento sancionador contra una enfermera de origen andaluz.

Desde esta perspectiva, es impensable que los insultos a los «españoles», las amenazas en redes sean perseguidas o investigadas como discurso de odio. En estos casos se entenderá que son ejercicios legítimos de la libertad de expresión, mientras que cualquier crítica al nacionalismo intentará ser utilizada como muestra de catalanofobia, porque aquí sí que ha velarse porque la libertad de expresión no se convierta en discurso de odio.
El resultado de lo anterior es que desde el poder público se utiliza la narrativa del discurso de odio como una forma de censura, a la vez que se cierran las puertas a que esa misma narrativa pueda ser empleada para cuestionar el desprecio u hostilidad, desde el propio poder, contra los que discrepan de él. Es, desde luego, un escenario muy peligroso.
VI. Conclusión
El discurso de odio es un concepto complejo, que ha de examinarse con especial cuidado cuando es el propio poder público el que ampara —o promueve— la deslegitimación de un colectivo por motivos identitarios.
En ese contexto, el riesgo es doble: por un lado, se normaliza un discurso que erosiona la convivencia; por otro, se instrumentaliza la noción de “discurso de odio” para descalificar o limitar críticas legítimas al poder. El resultado es una inversión preocupante de los términos: se protege al que agrede y se señala al que discrepa.
Una sociedad plural se basa en la libertad de expresión. Al mismo tiempo, es legítimo proteger el debate público frente a la descalificación de colectivos cuando esta puede traducirse en limitaciones efectivas de derechos. Lo que resulta aberrante es que el poder público admita esa descalificación como ejercicio legítimo de la libertad de expresión y, simultáneamente, invoque el discurso de odio para restringir las críticas a sus propias políticas.
Y eso, por desgracia, es lo que está ocurriendo.