Trump, Venezuela, el Derecho internacional y la UE

Cuando estábamos metidos en el proceso, Félix Ovejero repetía mucho una idea que merece ser tenida en cuenta: la democracia y la solidaridad operan -si acaso- en las relaciones dentro de la propia comunidad política. La vida internacional no se rige por esos principios, sino por los propios del Derecho internacional (con suerte, podríamos añadir) y por la regla de la defensa de los propios intereses, si es necesario con la fuerza.

Lo que está pasando en Venezuela es un perfecto ejemplo de todo ello. Podríamos remontarnos todo lo atrás que quisiéramos, pero creo que basta llegar a julio de 2024.

Entonces hubo elecciones en Venezuela y la oposición, en una operación que, me parece, merece todos los elogios, consiguió mostrar al mundo que eran ellos los que habían ganado y Maduro el que había perdido.

Perfecto, muy bien y a partir de ahí, ¿qué?

Porque el Estado no es más que el monopolio de la fuerza, así que por mucha razón que tengas, si quien tiene la fuerza quiere retener el poder, lo retendrá, como pasó.

Maduro era un presidente ilegítimo, sí; pero era el que controlaba el país, las fuerzas armadas, la policía, correos y fronteras. Por tanto, desde la perspectiva del Derecho internacional era el presidente y gozaba, por ejemplo, de inmunidad de jurisdicción.

De la misma forma, los estados tendrían (tienen) vedado (en principio) intervenir en los asuntos internos de otro Estado; lo que opera aunque el gobierno sea tiránico, ilegítimo o cometa crímenes contra la propia población. Existen mecanismos en el Derecho internacional para actuar en estas situaciones, tanto desde la perspectiva del Derecho Penal Internacional como, incluso, llegando a autorizar operaciones militares; pero, fuera de esos supuestos, cualquier intervención militar en otro país es un ilícito internacional.

Claro está que desde la perspectiva de la oposición, la intervención de Trump podría verse, inicialmente, como positiva, en tanto en cuanto supusiera el derrocamiento del chavismo; pero la realidad, como se ha visto, es otra. Estados Unidos no interviene para devolver la soberanía a los venezolanos, sino para controlar el país jugando a ser el que da y quita razones a los dos bandos enfrentados (chavismo y oposición).

Si la operación de Trump carecía de base legal, ahora carece también de cualquier tipo de legitimidad que pudiera suponérsele si se veía como un apoyo a los resultados reales de las elecciones de 2024 (al fin y al cabo, Estados Unidos reconoció como legítimo presidente a Edmundo González).

La lección es durísima. Venezuela sufría el régimen chavista y seguirá sufriéndolo; pero, además, con la tutela de Estados Unidos que no disimula siquiera su intento de controlar el país, convertido, de facto, en un semiprotectorado.

En este contexto, probablemente, hay que entender la maniobra de sacar del país a Corina Machado, de tal forma que ahora el gobierno de Estados Unidos puede decir que la oposición ha abandonado Venezuela. La oposición «no molesta».

No sé, es para estar desolado. No soy venezolano, pero es difícil no identificarse con los venezolanos que, de golpe, han visto cómo han perdido la capacidad para decidir su futuro. El robo de las elecciones y luego la incapacidad de la oposición para articular un movimiento que amenazara mínimamente al chavismo ha acabado en la pérdida del país para unos y otros.

Espero que los demás, especialmente en Europa (volveré sobre ello al final), seamos capaces de entender las consecuencias de todo ello.

Y una mención para el Derecho internacional.

Estos días se repite que el Derecho internacional «no existe». No es cierto. Hay una gran parte del Derecho internacional que sigue aplicándose cada día, desde las relaciones diplomáticas hasta el derecho de los tratados pasando por el régimen de las fronteras, el derecho del mar o el régimen de los espacios no sometidos a soberanía estatal. El derecho internacional es más que las guerras.

Ahora bien, hay que reconocer que el principio de no uso de la fuerza, de no injerencia en los asuntos de otros Estados y de respeto a su integridad territorial está seriamente dañado.

Y también están muy seriamente dañadas las Naciones Unidas.

Dos de los miembros permanentes del Consejo de Seguridad están desarrollando actividades claramente prohibidas por el Derecho internacional. A partir de ahí, ¿qué legitimidad le queda al Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas? Ninguna. Y las Naciones Unidas, sin el Consejo de Seguridad, ¿qué es? Una cáscara vacía, algo parecido a una asamblea universitaria que, además, ya ha caído, en no pocas ocasiones, en sesgos discutibles (tengo presentes declaraciones de algunos de sus comités al hilo precisamente del procés, con el que comenzaba y el documento de septiembre sobre Gaza es, como intentaba explicar hace unos meses, deleznable -deleznable en sentido literal, que no es lo mismo que despreciable-).

En definitiva, las reglas que se establecieron tras la II Guerra Mundial en relación al uso de la fuerza han quedado obsoletas. Bien es verdad que, quizás, estuvieron equivocadas desde el principio. Como recordaba también hace unos meses, con el derecho internacional actual difícilmente hubiera sido justificable el desembarco de Normandía y, desde luego, las tropas aliadas no hubieran podido entrar en territorio alemán al final de la II Guerra Mundial.

Hay tarea para los internacionalistas. Dejar de repetir, «esto es contrario al derecho internacional» y empezar a pensar en el Derecho internacional real. Volver a la vieja lección de Kelsen: uno puede explicar un ordenamiento jurídico con independencia de su eficacia, pero si ese ordenamiento deja de ser aplicado ya no tiene sentido calificarlo como jurídico.

Y estaría bien que en la UE se fuera productivo en esta línea. En el siglo XXI, la UE es un poco la Holanda del siglo XVII. No es la gran potencia (en el siglo XVII eran España, Francia, en menor medida, Inglaterra, también Suecia); pero tenía una capacidad militar real, capacidad de comercio e inventiva. Y fue en Holanda (perdón, en los Países Bajos) donde se sentaron las bases del Derecho internacional moderno, el que dio lugar a la Paz de Westaflia.

Hoy en día las Españas, Francias e Inglaterra de entonces son Estados Unidos, Rusia y China. La UE, si se hace respetar, revitaliza su economía y cree en sí misma algo puede decir; pero para eso debe dejar de repetir mantras del pasado, ver el mundo como realmente es y darse cuenta de que nada está asegurado, que nada le será regalado y que hay que vivir cada día haciendo frente a una nueva amenaza, una amenaza que puede venir de Rusia, de China… o de Estados Unidos. 

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