Primero, el muro; luego, la violencia

Estos cinco tweets están relacionados.

Estos tweets emitidos entre los días 29 y 31 de octubre de 2025 reflejan de manera bastante precisa la situación en la que nos encontramos como consecuencia de la táctica de división y enfrentamiento que desarrolla la autodenominada izquierda desde hace bastantes años.

Vito Quiles, un «comunicador» (como se dice ahora) había anunciado una gira por varias Universidades españolas. El primer acto iba a tener lugar en mi propia Universidad (la UAB) y fui testigo bastante directo de lo que pasó (lo comentaba en la segunda parte de esta entrada de hace unos días).

Para el día 30 estaba previsto que realizara un acto en la Universidad de Navarra. La Universidad -como habían hecho las otras en las que Vito Quiles tenía pensado intervenir- no autorizó el acto. En esta ocasión parece ser que Quiles había renunciado a acudir a la Universidad (a diferencia de lo sucedido en otras, en las que sí se presentó, pese a la falta de autorización); pero aún así grupos que se oponían a la celebración del acto acudieron a la Universidad. Un periodista de «El Español» los estaba grabando, fueron a por él y le agredieron.

No parece haber excesivas dudas de que quienes agredieron al periodista formaban parte de grupos de izquierda abertzale; esto es, de los que se oponían a la presencia de Vito Quiles en el campus y que, por tanto, coincidían en los planteamientos de los grupos «antifascistas» que habían intentado impedir la presencia de Quiles en otros campus. Por otra parte, en el primer tweet que compartía veíamos cómo el PSOE en Navarra vinculaba el acto de Quiles al fascismo, al introducir la noticia de que se había prohibido dicho acto con una frase que plantea pocas dudas: «Fuera fascistas de Navarra«.

Lo lógico hubiera sido una condena contundente de la agresión al periodista. Sin embargo, como puede verse por el tercer, cuarto y quinto tweet que comparto al comienzo de la entrada, tanto Ione Belarra como Irene Montero lo que hacen es elogiar la actitud de los «antifascistas» que convierten las universidades en lugares seguros y plantan cara en la calle al «fascismo». La reacción del PSOE no es muy diferente, puesto que ante los hechos ocurridos dicen que no se identifican con nadie y mantienen que los hechos habían sido originados por Vito Quiles y, aunque muestra su apoyo al periodista agredido, se cuida mucho de condenar la agresión. Pareciera que el periodista fue herido por una «tormenta» generada por la extrema derecha.

Es decir, la culpa de lo sucedido la tiene Vito Quiles, que no tiene derecho ya no a ir a la Universidad sino a entrar en Navarra (véase el primer tweet, el del PSOE). A partir de ahí, los que utilizan la violencia para impedir su presencia hacen lo correcto (tweets de Irene Montero e Ione Belarra), de tal forma que si hay heridos, la culpa es del que se niega a admitir que tiene prohibido expresar sus opiniones (explicación de la secretaria de organización del PSN-PSOE, la marca del PSOE en Navarra).

No es nuevo. Hace años que soy testigo de cómo en algunos lugares de Cataluña existe la prohibición de que ciertas ideas sean expresadas. Según me explican, lo mismo sucede, desde hace décadas, en algunos lugares del País Vasco y Navarra. Luego, este fenómeno se extendió a otros lugares de España como consecuencia de la política desarrollada por la izquierda basada en la creación de un muro entre ellos y lo que califican de «fascismo» o «derechayextremaderecha» (como si fuera una sola palabra); un espacio en el que colocan a todos los que no comparten los dogmas del socialnacionalismo; esto es, la alianza entre partidos nacionalistas de derechas (PNV, Junts) e izquierdas (ERC, Bildu) con el PSOE y lo que hay a la izquierda del PSOE (Sumar, Podemos). Es verdad que no siempre toda esa amalgama vota junta (ahora Podemos es, formalmente, oposición); pero, al final, todos están en el mismo lado del muro; como puede comprobarse, por ejemplo, con el gobierno de Illa en Cataluña, posible por el eje socialnacionalista al que me refería antes.

Para que ese eje se mantenga unido es preciso que haya un enemigo común. Este enemigo es, como decía antes, el fascismo, un término que ya no tiene más sentido que el de identificar a quienes se sitúan fuera de la alianza entre nacionalistas, socialistas y extrema izquierda. La demonización de todo ese sector ideológico y la construcción de cordones sanitarios en torno a él es imprescindible para mantener la cohesión del bloque propio, una cohesión de la que depende mantener el poder.

Poco importa que en ese bloque -en el socialnacionalista- haya quien defiende expresamente la utilización de la violencia politica (CUP y ERC; ponía ejemplos en mi intervención en la Subcomisión sobre discurso de odio en el Congreso de los Diputados).

Poco importa, digo, porque «entre los nuestros», los que están en nuestro lado del muro; la violencia es, como mucho, un accidente que no altera que de ninguna forma se pueda excluir de la condición de demócratas a quienes la practican e, incluso, a quienes la reivindican.

Así pues, lo que ha sucedido en relación a la agresión del periodista de «El Español» en Navarra en el fondo no es una novedad; pero una reivindicación tan clara de la violencia como herramienta política justo tras una agresión grave como la sufrida por José Ismael Martínez, estremece.

No hay duda de la agresión (hay un vídeo que la recoge con claridad); no hay duda de que los agresores proceden del sector «antifascista» (del lado socialnacionalista del muro) y tampoco hay mucha duda de que el agredido representa a un medio que se identifica con «el otro lado» del muro. En este contexto, en vez de condenar la agresión, el PSOE se limita a mostrar su apoyo al periodista, pero dejando claro que el culpable de lo sucedido es Vito Quiles, mientras que Belarra y Montero aprovechan para loar la actuación de los antifascistas que plantan cara en la calle.

Y todo esto cuando hace poco que desde Bildu se piden medidas contra el «fascismo».

Una vez levantado el muro hay que utilizar los medios legales de los que se dispone para limitar la posibilidad de que los del «otro lado» expresen con libertad sus planteamientos (y, en este sentido, los obstáculos reiterados en las Universidades para que opiniones diferentes a las del pretendido «consenso progresista» sean expresadas es una muy mala noticia); sin renunciar a la utilización de la violencia cuando sea preciso; como hemos visto en más de una ocasión. Si, como también ha sucedido, esa violencia es tolerada o, incluso, jaleada, ¿en qué situación nos encontramos?

Ya no estamos hablando de discurso de odio; estamos hablando de violencia real y directa. Ante esta violencia solo debería caber una respuesta: condena absoluta y sin matices; pero, no nos equivoquemos; los del lado socialnacionalista del muro ya han dejado claro que para ellos es más importante seguir limitando las libertades de quienes discrepan que defender la convivencia.

Lo que ha sucedido en Navarra no es nuevo; pero, por desgracia, como decía al principio, da cuenta del clima de enfrentamiento que han conseguido generar en los últimos años.

Frente a esto, reivindico la tolerancia, que todos puedan utilizar la palabra para expresar las opiniones que tengan por conveniente, con límites mínimos que deberán ser, en su caso, controlados por jueces y tribunales, no por administraciones metidas a censores.

Reivindico que se proscriba de manera absoluta la violencia para impedir que el otro hable o para privarle de sus derechos; que se asuma con naturalidad que todos pueden usar el espacio público para decir cosas que no gustarán a todos; porque defender la libertad de expresión solo cuando lo que se expresa coincide con tus propios planteamientos no es defender la libertad de expresión.

Reivindico el fin de los cordones sanitarios. No creo que deban levantarse ni siquiera para quienes ahora defienden la violencia política, y que no son ni el PP ni Vox, sino formaciones que pretenden dar lecciones de democracia. Obviamente, ninguna credibilidad le doy ni a Bildu ni a Podemos ni al PSOE, como tampoco se la doy a ERC o la CUP por las razones que ya expuse en su día; pero eso no quiere decir que hayan de quedar excluidos del debate público y que no sea posible hablar con ellos; porque una cosa es hablar y otra llegar a acuerdos. Los que han levantado la bandera de los cordones sanitarios son, precisamente, aquellos a los que más justificadamente se les podrían imponer, pero ni siquiera ellos se lo merecen.

Reivindico el espíritu de concordia, que no implica renunciar a defender los propios planteamientos con convicción; sino que exige reconocer la otro legitimidad para defender los suyos con la misma convicción y estar dispuesto a llegar a acuerdos; sabiendo que puede haber razones que atender y compromisos que pueden ser asumidos.

En definitiva, defiendo que se tire abajo el muro que divide nuestra sociedad y que, como vemos, no solo lleva al aislamiento y al odio sino que, al final nos lleva no solamente a la violencia; sino a algo peor:

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