Hace 83 años, entre el 18 y el 22 de febrero de 1943, se produjo la detención, interrogatorio, juicio y ejecución de tres de los integrantes de la Rosa Blanca, grupo estudiantil de oposición al nacionalsocialismo. Me he ocupado de este grupo en varias entradas que pueden encontrarse aquí.
Les califico como «grupo» de forma consciente, porque considerarlos una organización sería excesivamente generoso. Varios amigos, algunos unidos por relación de parentesco (los hermanos Scholl) o sentimental (Hans Scholl y Traute Lafrenz) y la mayoría por afinidad intelectual y compromiso ético. Durante ochos meses distribuyeron seis panfletos clandestinos en Múnich. La difusión del sexto fue lo que llevó a la detención de varios integrantes y a la desatirculación de la «organización».
Hace diez años busqué una traducción al español en abierto y gratuita de ese sexto panfleto; pero no la encontré. Así que yo mismo intenté esa traducción, que compartí en una entrada de mi blog «El jardín de las hipótesis inconclusas» que reproduzco a continuación.
Antifascistas (24 de mayo de 2016)
No fueron muchos los alemanes que se opusieron activamente al nazismo. Los casos de disidentes en el régimen nacionalsocialista pueden contarse con los dedos de las manos, lo que hace, sin duda, que tengan más valor los ejemplos de oposición activa al nacionalsocialismo y, a la vez, debamos preguntarnos por las causas de que un régimen tan alejado de los valores democráticos, tan autoritario y opresor, tan dañino para la sociedad alemana y el Mundo hubiera gozado del alto grado de aprobación interna del que disfrutó.
No podemos achacar esta ausencia de oposición a la falta de cultura democrática de los alemanes, quienes habían vivido en un régimen democrático con posterioridad a la I Guerra Mundial y sin que pudiera calificarse de dictatorial el que tuvieron durante al época del Imperio, ya que el Parlamento (Reichstag), elegido por sufragio universal (masculino) desde 1871, gozaba de amplias competencias. Tampoco podemos justificar esta falta de oposición en una carencia de valores o convicciones cívicas. Los resistentes al nazismo mostraron, como veremos, coraje y coherencia, y seguramente no eran excepcionales en un país que durante los meses finales de la I Guerra Mundial e inmediatamente posteriores a su finalización vivió convulsiones revolucionarias de gran intensidad.
La explicación de lo reducido de la oposición al nazismo quizás se encuentre en la dificultad objetiva que podía existir para identificar lo correcto en una sociedad dominada por la propaganda y un relato arrollador que había sabido penetrar en todos los ámbitos, desde el obrero e industrial hasta el académico o el ejército. En estas circunstancias resultaría probablemente difícil alejarse de la perspectiva común y atreverse a mirar la realidad con otros ojos. No tengo pruebas de esto y se limita a una intuición, pero imagino que lo realmente difícil en la Alemania de los años 30 y 40 del siglo XX era hacer el esfuerzo de distanciamiento que era preciso para percibir las incoherencias del relato oficial y asumir la necesidad de conseguir un cambio en un régimen que gozaba de una amplia aprobación entre la población en general.
Es por esto que lo que más destaco de quienes se opusieron al nazismo es esta capacidad de pensamiento propio, de análisis objetivo y de raciocinio. Seguramente era más difícil alcanzar la convicción de que se vivía en un régimen equivocado que, una vez, encontrada esta convicción, hallar el valor para actuar. Ciertamente el régimen era brutal, pero probablemente el temor a la cárcel, la tortura o la muerte era menos paralizador que el inicial de apartarse de los planteamientos comunes, los aparentemente asumidos por la generalidad de la población y transmitidos por los medios de comunicación, entonces ya poderosos, en forma de periódicos, radio o cine.
Seguramente hacemos poco por recordar aquellos hombres y mujeres que en momentos difíciles tuvieron la dignidad de oponerse a lo que todos indicaban que era lo correcto. Todos y cada uno de ellos merecerían un recuerdo muy especial, y aquí me ocuparé de un grupo que es, quizás, el más conocido de entre ellos, “La Rosa Blanca”. Este grupo estaba integrado por cinco estudiantes y un profesor, aparte de otros colaboradores, todos ellos de la Universidad de Múnich. Tras distribuir folletos y realizar pintadas por la ciudad, el jueves, 18 de febrero de 1943, Hans y Sophie Scholl, hermanos e integrantes del grupo, se dirigieron al edificio principal de la Universidad portando en una maleta 1700 copias de un panfleto antinazi. Aprovechando el momento en que estudiantes y profesores permanecían en el interior de las aulas durante la clase de la mañana, distribuyeron sus panfletos por el edificio. Jakob Schmid, bedel de la Universidad, les descubrió y detuvo. Tras ser interrogados por las autoridades académicas, éstas les entregaron a la Gestapo. El lunes, 22 de febrero, cuatro días después de haber sido detenidos, fueron juzgados por traición y condenados a muerte. Junto con ellos fue también condenado a muerte Christoph Probst, estudiante de Medicina detenido el sábado 20 de febrero por estar implicado en la redacción y distribución de los panfletos encontrados a los hermanos Scholl.
El mismo día 22, a las cinco de la tarde, en Stadelheim, la prisión de Múnich, los tres condenados fueron decapitados. Habían pasado poco más de cien horas desde el momento en el que Hans y Sophie habían sido descubiertos por Jakob Schmid en el hall del edificio principal de la Universidad. En los siguientes meses, otros tres miembros del grupo fueron condenados a muerte y ejecutados.
La historia de este grupo ha sido trasladada al cine varias veces y quizás de esta forma es más fácil que conectemos con este drama vivido hace setenta años. Me tropecé con la historia de “La Rosa Blanca” hace un tiempo y me impresionó profundamente. En tiempos difíciles sus protagonistas tuvieron lucidez para identificar al mal, incluso en contra del pensamiento dominante; inteligencia para combatirlo con la palabra; sabiduría para renunciar a la violencia: valor para enfrentarse al poder y entereza para asumir las consecuencias de sus actos.
Recordándolos a ellos recordemos también a aquellos que con igual lucidez, inteligencia, sabiduría, valor y entereza se enfrentaron y enfrentan a la injusticia; pero sin la fortuna de ver a sus enemigos derrotados.
Para mi la palabra “antifascista” se vincula a personas como los integrantes de “La Rosa Blanca”, que me merecen un enorme respeto y admiración.
Dar la vida siempre es estremecedor. La más joven del grupo, Sophie Scholl, murió con 21 años. Si no hubiera sido ejecutada hace 73 ahora podría tener 95 años, seis más que el papa emérito Benedicto XVI, quien fue contemporáneo suyo y que también vivió la Alemania nazi siendo un adolescente. Podemos imaginar cuánto no vivieron estos jóvenes estudiantes y el profesor Huber como consecuencia de sus convicciones.
Recordémosles.
La entrada, como digo, es de hace 10 años, por lo que reflexión sobre la edad que tendría ahora la más joven de sus integrantes tiene que adecuarse al momento presente. Nació hace 105 años, en 1921.
Tal y como explicaba, entonces compartía el sexto panfleto con una traducción al español que hice con bastantes inseguridades. Hoy he vuelto a ella con la ayuda de ChatGPT y he modificado alguna pequeña cosa; pero, para mi sorpresa, el traductor ha mantenido prácticamente íntegra la versión de hace diez años. A continuación está una reproducción del panfleto original y la traducción al español.

Creo que merece la pena leerlo. Es un panfleto estudiantil. Aunque parece que, en este caso, la mano del profesor Kurt Huber, también integrante del grupo, tuvo un papel destacado en su elaboración; las referencias son las propias de los alumnos de la Universidad; entre ellas el incidente al que se refiere el escrito en el punto en el que habla de «bromas lascivas» y de la respuesta de las universitarias alemanas de Múnich; una asamblea celebrada en enero en la que un jefe local del partido nazi recriminó a las estudiantes que no se casaran y tuvieran hijos para enviar al frente; lo que generó el rechazo de los estudiantes, que abuchearon al dirigente nacionalsocialista.
Fijémonos también en que en el panfleto se hace referencia a un posible cierre de las Universidades, una posibilidad que, según los autores del panfleto, no les asusta y están dispuestos a afrontar. Es una observación que estremece si se tiene en cuenta que en cuestión de días, varios de los autores del escrito no padecieron el cierre de las Facultades, sino la guillotina.
Cada año recuerdo este episodio por las razones que explicaba en mi entrada de 2016. Debería hacernos reflexionar que se hubiera podido llegar al grado de barbarie que supuso el nazismo sin que hubiera una reacción de oposición significativa por parte de la población. La resistencia interior al régimen nacionalsocialista fue extremadamente minoritaria, por eso aquellos que supieron ver la injusticia y actuaron ante ella merecen reconocimiento. Un reconocimiento que debería hacerse extensivo a quienes actuaron igual en tantos lugares sin que su ejemplo y sacrificio haya sido recordado. Al menos los integrantes de la Rosa Blanca han sido homenajeados; aunque supongo que ningún consuelo es ese para los muertos (volveré sobre ello en unos días); pero hay otros muchos casos en los que ni ha habido reconocimiento y ni siquiera derrota de los malvados.
Hagamos, sin embargo, lo que esté en nuestra mano. He puesto de mi parte al traducir el panfleto que les costó la vida (algo que hoy en día puede hacer cualquier herramienta de IA sin gran esfuerzo) y comparto también unas imágenes de los que fueron ejecutados en 1943. Les he añadido color, porque -al menos a mí me pasa- lo que está en blanco y negro me parece menos real y la injusticia, el sacrificio, la vida y la muerte de los que aquí se recuerdan fue dolorosamente real.





