Creo que hay unanimidad en que el final de Turandot es pobre. Tras la muerte de Liú en manos de los sicarios de la princesa, ésta se transforma de manera demasiado rápida en «buena». Casi no hay tránsito entre la despiadada que tortura a Liú para que diga el nombre de Calaf y la que cae rendida a sus pies.
La culpa de este final tan pobre no es de Puccini, pues el libreto ya estaba escrito y, además, como es sabido, el compositor murió sin poder concluir la música. Lo último que escribió fue, precisamente, la muerte de Liú. Ahora bien, podemos especular que el genio del compositor podría haber forzado un cambio en la historia que no rompiera la tensión dramática que se había creado. Parece ser que hay testimonios de que Puccini no estaba de acuerdo con el final y, quizás, de haber vivido habría forzado una solución diferente a la que ahora tenemos.

Resulta tentador imaginar ese final. Recordemos. En Pekín, Turandot, la hija del emperador, se casará con quien, de sangre real, resuelva tres adivinanzas que le plantee la princesa. Ahora bien, quien intente superar la prueba y falle, perderá su cabeza. En la ciudad se encuentra Timur, rey de Tartaria que ha sido depuesto, acompañado por su fiel esclava Liú y su hijo, Calaf. Calaf queda prendado de Turandot y pide ser probado mediante las adivinanzas. Supera la prueba, pero Turandot consigue que acepte una adicional: si ella, antes del amanecer, adivina el nombre del príncipe (que ha permanecido en secreto), Calaf morirá.
Turandot intenta adivinar el nombre del príncipe, localiza a Liú y la amenaza para que le diga cómo se llama quien ha resuelto las adivinanzas; pero Liú, que está enamorada de Calaf se niega. Es torturada, pero no cede y acaba suicidándose para no traicionar al príncipe. Ahí acaba la composición de Puccini; pero ¿qué podría pasar a partir de ahí en vez del final que todos conocemos y que adelantaba en el primer párrafo? Vamos a jugar.
Calaf es informado de la muerte de Liú y del papel que Turandot ha tenido en ella. Acude al emperador que se muestra consternado por la crueldad de su hija. Con gran dolor, dice que no le queda más remedio que condenarla a muerte. Ping, el gran canciller interviene y dice que dado que la culpa de Turandot viene de la resolución de un acertijo (el nombre de Calaf) debería dársele la oportunidad de salvarse si ella, a su vez, resuelve otro. Calaf, entonces, furioso por la muerte de Liú propone que sea él mismo quien lo formule, seguro como está de que su ingenio es superior al de Turandot. El emperador acepta y decide que Calaf, al amanecer del día siguiente, debe plantear tres adivinanzas a Turandot. Si esta resuelve alguna de ellas estará libre; pero si falla las tres será decapitada.
Tras esta decisión del emperador, Turandot es trasaladada a una celda donde deberá pasar la noche. Allí, ante el horror que le espera al día siguiente se da cuenta de la maldad de sus acciones. Canta recordando a la fiel Liú y se lamenta no tanto de su destino como de la crueldad de la que había hecho gala hasta entonces. En un aria bellísima y dolorosa que pone el contrapunto a la final de Liú asume sus culpas y el destino que la aguarda.
Ping, que ha oído a la princesa acude a Calaf y le cuenta lo que ha sucedido. Calaf reacciona con ira y dice que cualquier dolor que sienta Turandot será poco para el que ha causado a Liú y continúa lamentándose de su amor hacia la que había causado tanto mal a la fiel esclava de su padre. Ping, entonces, le dice a Calaf que antes del amanecer debería transmitirle sus reproches a Turandot para, al menos, darle la oportunidad de que ella le pida perdón antes de su muerte. Calaf duda, pero, finalmente, acepta visitar a Turandot.
Cuando Turandot ve a Calaf se postra a sus pies y le pide perdón. En otra aria que debería ser memorable dice que agradece su destino porque una vez que ha visto con claridad lo negro de su corazón no sería capaz de seguir viviendo. Calaf le responde con frialdad pero, finalmente, dice que si vale de algo su perdón, se lo da.
Al día siguiente, Turandot es llevada ante la corte donde Calaf, en escena que invierte la de su propia prueba en el acto segundo, le ha de formular las adivinanzas. Aquí, sin embargo, Turandot muere si falla las tres. Si acierta una sola se salva.
Calaf plantea su primera adivinanza: blanca y fría cae sobre los campos y el sol la ilumina. Turandot responde que la nieve. El funcionario que custodia las respuestas lee la de la primera adivinanza y dice que no es la nieve. Calaf entonces explica que la respuesta es la luz de la luna, que cae sobre los campos, sobre los buenos y los malvados y, en ocasiones, protege a los primeros de las acechanzas de los segundos gracias a la luz que el sol proprociona y que en la luna se refleja.
Se formula entonces la segunda adivinanza: ¿qué es aquello que largos trabajos procura y que, cuando se obtiene, sacía el corazón aunque pronto muda? Turandot responde que el amor. El funcionario lee la respuesta y dice que no. Calaf entonces explica que el amor, cuando es verdadero, no muda, sino que permanece; que Turandot desconoce eso y que por eso ha fallado en su respuesta. Que la palabra que se escondía tras el acertijo era «venganza», que se busca con ahinco, que provoca el dolor en su preparación, pero la insatisfacción en cuanto es conseguida. A esto Turandot responde que entiende lo que ha planteado y que su respuesta insatisfactoria no es más que prueba de que su corazón aún no ha conseguido la pureza que ansía y se lamenta de que vaya a morir antes de lograrlo.
Al oír lo anterior, Calaf parece dudar, pero acaba formulando la tercera adivinanza: ¿qué es tan hermoso como el amanecer, tan duro como el acero y tan tierno como el abrazo del hijo? Turantot, entonces responde: «Liú», Calaf asiente antes de que el funcionario lea la respuesta y se aleja con su padre tras limitarse a rozar con su mano el hombro de Turandot. Cae el telón.