¿El fin de la destrucción creativa? Desigualdad salarial y polarización política en la era de la IA

Son tiempos de temor. Pocos se libran de la angustia que nace de una sospecha: la IA (inteligencia artificial) acabará por destruir mi puesto de trabajo y perderé los medios para ganarme la vida. No es una sospecha infundada. Desde hace ya años, el gremio de los traductores ha visto su trabajo afectado por las herramientas de traducción automática. En España, cuando escribo esto, se está negociando un ERE en una gran compañía, Telefónica, en el que la empresa argumenta que con la utilización de la IA puede prescindir de miles de puestos de trabajo. Ahora bien, ¿no estaremos ante uno de esos procesos de destrucción creativa que teorizó Schumpeter?

La transcendencia del cambio que suponen las nuevas tecnologías y la IA puede hacer dudar. Sin embargo, pese a que la proporción del PIB que se destina a la remuneración del trabajo desciende de manera global, el crecimiento económico hace que la masa salarial aumente, incluso en términos reales.

En esta imagen se ve el crecimiento de la masa salarial mundial en USD constantes (equivalentes a USD del año 2011). El cálculo se hace teniendo en cuenta el PIB mundial aproximado y la disminución en la participación de los salarios en ese PIB. Mientras en 1970 se situaba por encima del 60%, en 2000 era de un 58% aproximadamente y en 2024 se sitúa por debajo del 55%. Ahora bien, el crecimiento real de la economía hace que, pese a esa disminución en la participación de los salarios, el total de dinero que llega a los trabajadores es mucho más ahora que hace 25 años (casi multipolica por 3 esa cifra) y muchísimo más que hace 55 años (la masa salarial actual multiplica en 7,5 la masa salarial real -descontando inflación- la de 1970).

Es decir, la «destrucción creativa» parece funcionar. La desaparición de modelos de negocio, profesiones y estructuras no va acompañada de un empobrecimiento de los trabajadores; lo que se aprecia ya no solo en la masa salarial global, sino también en su distribución per cápita. Esto es, si dividimos la masa salarial por el conjunto de la población también se aprecia un incremento constante de la cifra resultante.

La masa salarial per cápita en 1970 era de unos 3200 USD, en el año 2000 era de unos 5700 USD y en el año 2024, de unos 11100 USD. Como se ve, también aumenta; aunque en una proporción menor que la masa salarial global. La masa salarial global de 2024 multiplicaba casi por 3 la de 2000 y, en cambio, la masa salarial per cápita «solamente» la dobla. La masa salarial de 2024 era 7,5 veces la masa salarial de 1970, mientras que la masa salarial per cápita de 2024 es menos de 4 veces la de 1970.

La preguna aquí puede ser la de por qué calculamos la masa salarial per cápita dividiendo entre toda la población y no solamente entre los trabajadores. Las razones son dos. La primera, que la cifra de la población mundial es fácil de obtener y plantea pocas dudas, mientras que hay muchas más incertidumbres sobre cómo calcular la cifra global de trabajadores. La segunda razón, sin embargo, es más importante. Tiene que ver con que el salario es el mecanismo más importante para la distribución de la riqueza en el mundo. Prácticamente toda la población mundial vive de manera directa o indirecta del trabajo. Lo hacen los trabajadores, pero también otros miembros de su familia, de manera que la división entre el conjunto de la población nos da una idea aproximada de cómo funciona este mecanismo de redistribución de la riqueza.

En cualquier caso, y a nuestros fines, resulta que las innovaciones tecnológicas que se han introducido en las últimas décadas y el fenómeno de la globalización no han dañado ni el conjunto de la masa salarial ni la masa salarial per cápita. Deberíamos empezar a preocuparnos solo cuando la masa salarial per cápita no crezca y, sobre todo, si la masa salarial global disminuye. Si esto no sucede, desde una perspectiva económica, el sistema funciona: lo que se destruye se ve compensado por lo que se crea. Ahora bien, ¿nos basta con esto?

La respuesta es que no, porque los datos sobre el conjunto de la masa salarial no nos dicen todavía cómo se distribuye entre los trabajadores. Si tomamos los salarios medios sin considerar cuáles son los más frecuentes, la estadística nos puede tender una trampa; porque podría parecer que todo el mundo mejora cuando, en realidad, es el crecimiento de los salarios altos el que eleva el salario medio, mientras que los salarios más modestos pueden mantenerse o, incluso, descender.

Para examinar esta cuestión podemos utilizar un índice (que llamaremos R) que resulta de dividir el salario medio (dividir el conjunto de la masa salarial por el número de trabajadores a tiempo completo) por el salario mediano, esto es, el que separa al 50% de trabajadores que más ganan del 50% de los trabajadores que ganan menos. Cuando más alto sea R, mayor será la acumulación de salario en los salarios más altos; cuanto más cerca esté R de 1 más igualitaria será la distribución del salario entre todos los trabajadores. Este indicador no mide pobreza, sino cómo se reparte el crecimiento salarial.

Para examinar R no nos fijaremos en el nivel mundial, sino que consideraremos cuatro países: Estados Unidos, Francia, Alemania y España, y veremos cómo evoluciona ese indicador, R, entre el año 2000 y la actualidad.

Como puede apreciarse, en todos los países considerados R aumenta; esto es, la desigualdad salarial se incrementa. De manera más acusada en Estados Unidos (donde se partía ya de una desigualdad mayor que en los países europeos), pero también en los otros tres. En el caso de España, esa desigualdad acaba superando la de Alemania y acercándose a la de Francia.

El que aumente la desigualdad en la distribución de salarios en nada afecta al carácter creativo de la destrucción que explicó Schumpeter. Para el conjunto de la economía, los cambios derivados de las mejoras tecnológicas y de la integración mundial no suponen una pérdida de valor del trabajo, cuya remuneración sigue creciendo tanto en términos absolutos como relativos (per cápita); pero tales cambios sí que implican una distribución diferente de esos salarios. Quienes más ganan, cada vez ganan más; mientras que los trabajos peor remunerados van colocándose en una peor posición, al menos relativa. Esto en principio, desde una perspectiva económica, puede no ser negativo. Los empleos de peor calidad tienen que acabar siendo abandonados para que el trabajo se concentre en aquellas actividades que generan mayor riqueza; el hecho de que la destrucción sea creativa no quita que sea destrucción y, por tanto, puede tener costes personales; pero que resultarán necesarios para que, como hemos visto, no solamente el conjunto de la economía, sino también las retribuciones de los trabajadores (del conjunto de los trabajadores) aumente. Cuestión distinta es que esa desigualdad no tenga consecuencias sociales o políticas, pero estas deberán examinarse desde una perspectiva diferente a la puramente económica. Antes de pasar a ello, sin embargo, hay que tener en cuenta otro factor que examinaremos a continuación.

El aumento en la desigualdad de las retribuciones implica que hay ganadores y perdedores; pero estos últimos lo serán menos en contextos de crecimiento económico. Si el crecimiento es lo suficientemente importante, la desigualdad no se percibirá como pérdida, porque aunque se pierda posición relativa en la escala salarial, en términos absolutos la percepción será de mejora. Para integrar esta idea en la gráfica anterior podría establecerse un corrector basado en el índice de crecimiento de cada país. Llamaremos al índice resultate CI, siendo la fórmula del mismo la siguiente:

Donde c y t hacen referencia al país y año considerado y g al crecimiento en el período considerado (los cinco años precedentes), corregido por un indicador que nos permitirá dotar de más o menos peso a dicho crecimiento. Con un corrector de 0,5 el resultado del CI para los países considerados sería el siguiente:

Aquí se ve como el crecimiento económico modifica la gráfica. Al aumentar R (la desigualdad en los salarios) la gráfica tiende a ir hacia arriba; pero el crecimiento económico la llevaría hacia abajo. El resultado varía respecto al cuadro anterior porque, por ejemplo, en el caso de Estados Unidos, su alto crecimiento hace que mientras el índice R (desigualdad salarial) lo coloca por encima (esto es, en peor posición) que todos los países europeos; cuando se introduce el crecimiento pasa a estar en mejor situación que estos. Desarrollaba la idea de conectar desigualdad y crecimiento en una entrada de este mismo blog de hace unos meses.

Para ir un paso más allá es necesario estandarizar las series por país, lo que se hace mediante un instrumento denominado z-score que sustituye los valores absolutos del índice por la desviación, en cada caso, respecto a la media histórica en cada economía. De acuerdo con esto, la fórmula de CI ya estandarizado sería esta:

Donde Z hace referencia al z-score de cada magnitud. Las gráficas resultantes para cada país con esta estandarización serían las siguientes:

La estandarización nos permitirá relacionar la evolución del índice CI con otros índices; en concreto el índice de polarización política que se encuentra en la página web Our World in Data (IPP). Si colocamos en la misma gráfica los dos índices estandarizados, el resultado por país es como sigue:

Como puede apreciarse, existe una evidente correlación entre la evolución de CI y la de la polarización política. Antes indicaba que desde una perspectiva centrada en el crecimiento económico, el hecho de que la «destrucción creativa» implicara desigualdades en la distribución salarial no era necesariamente malo; puesto que, como veíamos, tanto la masa salarial como la masa salarial per cápita aumentaban. Esto es, en términos absolutos y relativos, para el mercado laboral la «destrucción» es provechosa.

Ahora bien, desde una perspectiva sociológica o política la perspectiva puede ser diferente. Las desigualdades crean malestar que, cuando no se ve compensado por el crecimiento económico (y de ahí la necesidad de pasar desde el índice R al índice CI, que tiene en cuenta el factor crecimiento) ese malestar se traduce en polarización política, se profundiza en la división, se estigmatiza al adversario y la crispación aumenta. Las gráficas anteriores muestran una correlación que no puede ser obviada. Como vemos, en los cuatro países considerados, la línea del índice CI y del índice de polarización política siguen un camino semejante. Tanto en Alemania como en Francia la correlación es casi perfecta excepto en 2010 (ahora iremos a eso). En España la línea también es parecida, aunque la polarización avanza más rápido que la desigualdad; lo que puede achacarse a factores que no son puramente económicos. En Estados Unidos sucede algo parecido, la polarización aumenta más rápido que la desigualdad en los últimos años; lo que, seguramente, tiene que ver con la tensión vivida durante la penúltima elección presidencial, asalto al Capitolio incluido.

Llama la atención también que en 2010 se aprecia un aumento de CI que no va acompañado de un aumento equivalente de IPP. Probablemente la explicación de esa divergencia se encuentre en que se corresponde con la crisis económica de los años 2008-2010, una crisis devastadora que provocó un tremendo shock en los ciudadanos. En España se adoptaron medidas que nunca habían sido imaginadas (reducción de salarios de los empleados públicos y congelación de las pensiones, por ejemplo), lo que fue posible por los grandes acuerdos a los que llegaron las fuerzas mayoritarias (reforma de la Constitución para garantizar el pago de la deuda, por ejemplo). Es un contexto en el que el malestar paraliza en lugar de confrontar. Como es sabido, en España y en otros países la confrontación y polarización apareció un poco después, mientras que en el mismo momento de la crisis la reacción fue de parálasis. Una parálisis que se aprecia en los gráficos anteriores, donde se ve cómo en cada país, la subida de la línea azul (CI) en torno a 2010 es menos pronunciado que el ascenso de la línea naranja (IPP), llegándose, incluso, al descenso de tal polarización en Francia.

De acuerdo con lo que se ha visto hasta ahora, se constata que los cambios tecnológicos de los últimos lustros no han supuesto ni una disminución de la masa salarial mundial ni una disminución de la masa salarial per cápita. La destrucción creativa funciona.

Lo que sí se está produciendo es el aumento de la desigualdad en los salarios. El salario medio se incrementa porque suben en mayor medida las remuneraciones de los trabajadores mejor pagados que la de aquellos que se encuentran en la parte baja de la tabla salarial.

Esta desigualdad se puede ver compensada en parte por el crecimiento económico; pero ni siquiera teniendo este en cuenta podemos obviar que existe una correlación entre aumento de la desigualdad e incremento de la polarización política, lo que es una muestra del incremento de las tensiones dentro de la sociedad. Por supuesto, no es el único factor polarizador y, además, como vimos en 2010 (y se corrobora en los gráficos), en ciertas ocasiones el aumento de la desigualdad puede ser más paralizante que otra cosa. Aún así, no creo que pueda dejarse de lado la posibilidad de considerar que la creciente polarización que se observa en la política de muchos países alguna relación tiene con el aumento en las desigualdades salariales que parece ser un efecto secundario de la «destrucción creativa» en la que llevamos décadas inmersos.

Hasta aquí esta entrada, que tenía por objeto verificar si realmente estamos asistiendo a una fase de destrucción creativa. La respuesta creo que ha de ser afirmativa en tanto en cuanto la masa salarial y la masa salarial per cápita crezcan. Ahora bien, las desigualdades que se están generando pueden tener consecuencias en el conjunto de la sociedad, como hemos visto al considerar el IPP. A partir de aquí la receta es sencilla: si no hay crecimiento, ha de haber igualdad; de otra forma, la tensión en la sociedad puede acabar estallando, especialmente en contextos de desconfianza institucional.

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